
A veces en las noches, las ventanas abiertas de mi casa
se inmolan unas con otras para impedir que se escapen versos.
Todas ellas tienen de cotidiano un hondo crujido desesperado.
Me he levantado varias veces a cerrarlas
pero el duro pestillo me clava en cada dedo una daga de ironía.
Miro las estrellas desde Babilonia hasta el cerro
todas ellas dicen que estoy loca escribiendo anochecida
yo prefiero estar de día, y en la calle
esperando que en alguna esquina me abrace una extraña angustia
es señal segura que estoy por parir un verso.
Cuando esa angustia comienza arrojarme fuera de algún café
comienzan las contracciones
no en el alma, ni en el espiritu ( que no existen) como creen algunos
en mis ojos, en la vueltas de oídos, a nivel del pelo
mis manos crispadas buscan algo, quiero llegar a casa
mi cerebro se duele y comienza el trabajo de parto
a esa altura es mejor no hablarme de algo serio,
ya es seguro que no escucho a nadie, aunque asienta varias veces.
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