
Hoy me han tirado a un cuarto más oscuro y desde allí miro pasar la vida.
No sé quién soy, de donde vengo, pero sospecho hacia donde voy.
Todo aquí es humedad verdosa, todo huele a olvidos mal paridos.
Gemidos
horribles me despiertan en la doblada noche y un tintinear de hebillas
me hace temblar. Escucho hasta la madrugada lamentos y azotes.
Desde
una pequeña grieta, veo volar mariposas nocturnas, hablo con la luna,
atisbo gente esperando en la plaza o en la esquinas danzar panfletos,
con el aire de los autos que pasan veloces. Hablo sola, balbuceo sola.
A veces intento llamar, pero una bota acerada golpea mi vientre.
Suelo masticar comida con olor a ratas y gorriones que trepan me disputan los granos de pan.
Escucho
la lluvia cadenciosa, deslizarse por canaletas rotas, que desvían la
mitad del agua hasta mis pies. La tierra suelta y gredosa devora mis
espaldas. Cada mañana el tren que pasa lentamente, con su campana ronca
de un vaivén cansado, me despierta. Intento imaginar que voy en uno de
sus carros, que los árboles pasan veloces, con sus brazos ligeros,
salvando la maldita cautividad.
Un fuerte olor a madera carbonizada
me asfixia, siento las tablas gotear, se me pega las yemas sobre las
paredes, con un extraña sensación de sebo humano.
Los días de viento
y oscuridad, me dejan sola. Juego con tapillas de cervezas que han
abandonado. Juego a marcar mi frente y las mejillas con sus bordes
dentados. Introduzco mi lengua en el corcho fragante aún.
Mis
cabellos están endurecidos, no puedo sacar los dedos enredados en
ellos. Guardo un tesoro, un pequeño tesoro. La punta de lanza que
estuvo casi tres días destapando la fuente. Hasta que unas puntadas la
cerraron sin anestesia y sin piedad. Intento con ella quitarme la vida,
apenas la bota cobarde se aleje.
Una gran luz, una quemante luz, me
deja tirada sobre sacos de arena. El calor entra por mi raído y
maloliente vestido. Veo venir el hierro. Me lacera el pecho de costado
a costado. Puedo ver su rostro, y reconocer la bota. Después de todo me
ha dado la cara para seguir odiándole eternamente. Pero no sabré quien
será la que rogará por justicia. No sé quién soy, ni como llegué hasta
aquí, ni menos que culpas estoy expiando.

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